Nomen Nescio.
miércoles, 6 de agosto de 2014
Me pregunto si en esa especie de compañía silente y en esas caricias desfiguradoras, hay algo que me asegure que sus palabras no están vacías. No puedo creerle más a mis sueños y pensar que verle tanto en ellos es algún tipo de señal; siempre reconfortante, pero siempre efímera. Al final la música significa nada, y los recuerdos solo me llenan de dudas. Presentarse como el amor de alguien más es una insensatez. Entre decirse y saberse amado hay diferencias abismales. Lo único certero es que si uno se pregunta por ese amor, está entregando demasiado o no está recibiendo lo suficiente.
jueves, 26 de junio de 2014
jueves, 12 de junio de 2014
Llueve
Llueve, ¿lo ves? ¿Sientes esas dulces gotitas? Siéntelas y date cuenta de que no son tan malas, y no son simplemente agua, son sentimiento. Son, quizá, el dolor de todas las almas dosificado.
jueves, 11 de octubre de 2012
«Me asusta un poco, ¿sabe?, sentirme sentimental.»
No, no me quieras, no tengas ansias de verme. No te llenes de motivos para tenerme cerca o para cruzar unas cuantas (qué digo cuantas, Muchas) palabras, de esas que me hacen sentir como atrapada, como si fuera menester hablar contigo. Y no, no me digas que soy dulce, que confías en mí, que te gusta algo de lo que digo o hago o pienso; no por favor, no lo hagas. No me ates, no te amarres. No te fundas, o más bien, no te hundas en pensamientos vagos, vanos, pensamientos que yo produzco. No me escribas, no me escuches, no me entiendas, por favor, no me comprendas. No es necesario que hagas todo esto, y mucho menos es necesario que me necesites. No quiero ser indispensable para ti, no quiero nada de eso. ¿Entiendes? Y no, ni siquiera entiendas, tampoco quiero que lo hagas, lo preciso es que lo sepas, aunque tú entiendes que hay cosas que son mejor no saber, no aprender, no explicar. No me llenes de palabras, ni de gestos, ni de pensamientos, no. No me acompañes, ni en el dolor, ni en la alegría, ni en la enfermedad, mejor acompáñame en el silencio, en el yo aquí, tú allá. ¿Acaso no resulta más simple así? Y no me idealices, no te imagines los momentos venideros, no me conviertas en eso que deseas que yo sea, no lo hagas. No me pienses, no me extrañes. Y te lo digo no porque no quiera que lo hagas, sino porque cada uno de estos actos me conduce a lo ‘esperable’, al quererte sin quererlo, o más bien, sin preverlo. A extrañarte, a pensarte, a idealizarte, a acompañarte, a llenarte de pensamientos, gestos, palabras. Me conduce a querer conocer el por qué de esas cosas inexplicables, o más bien, las que es mejor no explicar, no aprender, no saber; pero que, de un modo u otro, se entienden, o tal vez no se entienden, solo se sienten, y creo que eso ya es bastante. Y no quiero nada de esto, porque a la vez lo quiero todo, y eso sí, eso sí que es pedir bastante. Y bueno, lo de la necesidad lo reduzco a esto: solo necesito que necesites estar; pero hablando de sentir, de hacerlo porque te nace, no por decencia y mucho menos por costumbre. Me conducen ahora, tú y tus malos actos (que no son malos, sino infinitamente encantadores) a entenderte sin hacerlo, a escucharte sin que me hables y a hablarte sin que me escuches; a leerte aun cuando lo que escribas no me pertenezca; a escribirte aunque no me leas o aunque sepas que te pertenece y no lo admitas. A hundirme y fundirme en pensamientos. A amarrarme, a atarte. A que me guste lo que piensas, lo que haces, lo que dices; a confiar en ti, a que me sepas tan dulce, y ¡cómo me gustan los dulces! A que sea menester hablar contigo, a sentirme dulcemente atrapada. A llenarme de motivos, quizás hasta de excusas para cruzar no pocas palabras. A tener ansias de verte, a sentir nervios… Sí, esos malditos nervios, que dejan de ser tan malditos cuando por fin te tengo cerca. Me conducen a una cosa simple: A quererte. Sí. Tal vez no como tú quieras que te quiera; pero sí de la manera en que sé querer (si es que sé hacerlo), a quererte, nomás.
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